domingo, 25 de septiembre de 2016



Medio Dicho, miedo dicho medio miedo miedo medio

Presentación del N° 42 de la
Revista anual de Psicoanalisis Medio Dicho

Hay cantidad de miedos y muchos de estos están en los medios, y se tejen redes con esos y con otros miedos y hasta hay un botón institucional para cuando el miedo se transforma en pánico, pero presumo que hay miedos secretos, miedos que no podemos confesar, porque ignoramos que los tenemos, tal vez alguno de aquellos tan públicamente manifestados se encuentre más de una vez entre estos celosamente callados. Más de uno de esos miedos secretos suelen ser miedos a las palabras, y de manera más general miedos a la lengua, a lo que nos imaginamos que es un lenguaje.  De ahí que en lo que me toca como presentador ensaye un vínculo entre el artículo de Jacques Alain Miller ¿ha dicho raro? , o quizás ¿ha dicho “bizarro”? y los que tratan explícitamente sobre el miedo o la falta de miedo; mi intención surge entre otras razones porque allí se trae a colación una cita de Roland Barthes: ‘la lengua es fascista’, expresión que puede causar asombro, porque el lenguaje tiene buena prensa y pocos nos sentimos inclinados a sospechar conscientemente de él, aunque en nuestros comportamientos haya signos  de estar afectados por esos miedos. Sabidos es que lo que no podemos decir, impedidos por la censura externa o interna, incluso lo que nos impedimos saber que nos impedimos decir, lo figuramos en mitos, y el mito a propósito de estos miedos, ¿podría decir “logofobias”  es el de la Torre de Babel. En ese relato parecen ser vituperadas dos situaciones extremas: una, la lengua única y unívoca, que disgusta a Yavé y otro a la multitud de lenguas que confunde y separa a los hombres con su equivocidad.
 Hemos olvidado –hemos querido olvidar y por ahí no hemos querido darnos cuenta de- que en el aprendizaje del lenguaje hemos estado –y estamos, por ejemplo, cuando recurrimos a un diccionario o a una gramática- sometidos a una autoridad  presuntamente inapelable; en la mayoría de los casos es una autoridad legítima, que se limita a enumerar los usos de una palabra o de una forma gramatical, que siempre se pueden ampliar o revisar, y no de un decreto imperial monolítico que estemos obligados a seguir letra por letra. Pero ese fantasma terrible se insinúa cuando queremos decir algo original o singular, algo raro, algo ‘bizarre’ dice el original francés, que aclara que es una palabra importada del español ‘bizarro’, que quería decir valiente o arrojado antes de asumir este sentido de extravagante o exótico, por no decir raro, que los hispano parlantes hemos importado del francés o del inglés…¿Es posible que el juego de la traducción nos haga ver la valentía como algo bizarro? ¿Resulta raro ser valiente? ¿Cómo podemos animarnos a decir esto? No dudo de que si queremos construir una torre que lleve al cielo todos tendríamos que hablar una lengua única –y para ser única necesita ser unívoca, y la univocidad es precisamente eso: una sola voz, una voz que no dejaría lugar para nuestras voces, y en cuanto cualquiera de nosotros quisiera decir algo propio, no sería entendido ni sería admitido en esa laboriosa comunidad de constructores, y hasta podemos imaginar algunas frases que no se podrían articular en ese “idioma”: no se podría decir, por ejemplo, que la torre es imposible, que la torre es inútil, que disgusta a Yavé. He escrito “idioma” y lo he escrito entre comillas, porque este vocablo apunta a lo propio, a lo idiosincrático, y el colmo de lo propio es la idiotez que no nos permite salir de nosotros mismos, pero a esto apuntaré luego, por ahora quiero detenerme en los constructores de torres que llevan al cielo, no en los del mito, sino en los de la historia, porque históricamente no han faltado ni faltan pretendidos campeones de la humanidad que dicen ser conocedores del destino del mundo y depositarios de los “verdaderos” significados de las palabras dispuestos a arrear todo el rebaño y en beneficio de su proyecto totalitario han intentado el monopolio del diccionario, excluyendo toda interpretación alternativa, proscribiendo neologismos y metáforas, ayudados, por supuesto por instrumentos y prácticas no lingüísticas, instrumentos y prácticas de las que está prohibido decir que disgustan a Yavé o que resultan lesivos para nosotros o para vosotros o para algunos otros. Una lengua así no existe ni ha existido, aunque por ahí filósofos y lingüistas en busca de una universalidad unitaria hayan postulado y bosquejado un artefacto semejante, modelo abstracto admisible sólo porque hace abstracción de los usuarios.
Pero de aquella fallida edificación, sea por ese enojo de Yavé señalado en el mito o simplemente porque a los hombres les suele gustar decir algo “bizarro”, un chiste, una metáfora, una fábula para divertir y divertirse, para engañar y a veces para engañarse, para tejer alianzas unos contra otros, para segregar a los extraños, para ocultarse de los propios –como hacen los adolescentes con su jerga en perpetua mutación que los adultos nunca llegamos a dominar, o los delincuentes con sus códigos impenetrables para la mayoría- de aquella arcana unidad, si es que hubo alguna vez alguna, surgió este maremágnum de lenguas, idiomas que nunca se terminan de contar porque de tiempo en tiempo nace uno nuevo –afirman que actualmente son más de cinco mil las “lenguas vivas”, aunque hay algunas “muertas” cultivadas por arqueólogos, paleontólogos y otras runflas de estudiosos de aquello que se dijo para averiguar lo que pasó o de aquello que pasó para conjeturar lo que se dijo o pudo haberse dicho, si es que pudo decirse algo.. En fin, tantas lenguas después de Babel, que los grupos humanos estarían impedidos de comunicarse verbalmente unos con otros, y en el extremo, si extendemos el alcance del mito, algún hombre singularísimo idearía un lenguaje para uso propio y encontraría impracticable el de los demás, eso caería dentro de lo que se llama  lenguaje privado, otro engendro mítico supuesto para proteger la intimidad propia del oído ajeno y la mirada ajena, porque ya se sabe, el infierno son los demás…Tal es nuestra precaria situación: O bien nos quieren hacer objetos de una lengua ajena y enajenante o bien cada uno de nosotros pretende ser único sujeto de la propia. Pero ni tanto, ni tan poco, y de uno u otro modo intentamos ser sujetos de nuestra lengua sin caer en la idiotez, y así, sea por la desconfianza, por la envidia, por el amor, por el odio o por lo que fuera que nos inspiran los extraños, desde que se tiene noticia unos y otros han querido saber lo que otros y unos piensan de unos y otros y lo que traman en sus mutuos respectos, y ya para defenderse, ya para imitar algún rasgo de su modo de vida, ya para atraer alguna Julieta a los brazos de algún  Romeo o viceversa, ya para copiar una receta de cocina, para preparar un ataque sorpresa, ya para comerciar o impedir el comercio, se ha traducido de unas lenguas a otras y de otras a una, y según mi modo de ver, pese a todas las críticas y los malos entendidos, en general ha sido más lo que se ha ganado que lo que se ha perdido en la traducción. Y aquí viene a conjugarse mi propósito, dado que por un lado el poeta Michel Leiris ha identificado traducción y metáfora, y por otro el griego moderno designa con “metáfora”, lo que llamamos mudanza, tengo la imagen de que al traducir o al metaforizar hacemos que los significados cambien de lugar, los sacamos de su lugar habitual –que no es nunca su lugar natural porque nunca estuvieron allí antes de que los pusiéramos allí: son como los muebles de una casa y, si quieren, como la misma casa- y una vez sacados de ahí  nunca llegamos a saber con precisión a qué lugar fueron a parar o van a ir a parar. Por eso en nuestro conversar –o discutir o litigar o confesar o leer- estamos como los primeros traductores, que no disponían de un diccionario ni una gramática para aproximarse a la otra lengua, y no tenían más remedio que interpretar lo que el otro decía, y en cuanto mejor lo interpretaban mejor la conocían y en cuanto mejor la conocían mejor la interpretaban, y con el conocimiento de la lengua incrementaban el conocimiento del otro y con el conocimiento del otro incrementaban el conocimiento de la lengua: pero nunca sus palabras son cabalmente nuestras y nunca nuestras palabras son enteramente suyas; lejos de ser perfectamente claras y distintas, acumulan pátinas de vaguedad o se bifurcan en ambigüedades: cada caso muestra residuos dispuestos para una ulterior interpretación, porque pese a la extraordinaria importancia que tiene el lenguaje para los seres humanos, la comunicación entre nosotros no comienza ni termina con el lenguaje, aunque el lenguaje pueda conducirnos a límites siempre provisorios. En otros términos: no hay nada dicho del todo, pero todo, incluso el miedo está medio dicho o, por lo menos en camino a Medio Dicho. Muchas gracias.


Daniel Vera
Córdoba, 2016

sábado, 5 de diciembre de 2015

¿Qué quieren decir en el crepúsculo…?

Presentación de los libros
Heidegger, pensador insoslayable, de Arturo García Astrada
La experiencia del pensar-Hebel, el amigo de la casa, de Martín Heidegger (traducción de A.G.A.)  y
Juan L. Ortiz, poesía y ética, de Oscar del Barco


         Extraña solicitud del editor: pedirme que presente estos libros, en su hondura filosófica opuestos a mi formación más bien analítica y positivista, acaso vindicadores de una tradición romántica de la cual no pocas veces he tratado de apartarme. Todo sea, para decirlo con palabras de Alejandro Nicotra, porque la poesía es lugar de reunión y se espera alguna revelación de este encuentro, o lo que es lo mismo, simplemente porque sí, sin causa ni razón ni motivo. Esta última circunstancia, sospecho, es la que se muestra en mayor armonía con la atmósfera de estos textos que me atrevo a llamar post-metafísicos, donde se elude o se rodea la pregunta por la causa primera y el fin último y por las demás causas y fines, para abandonarnos a la insinuada claridad, u obscuridad, de ser. Es así que he aceptado, sin obligación de decir nada, ya que lo que se pueda decir ha de caer seguramente fuera de lo que se trata, porque no se trata de decir. He aquí los títulos y los autores Heidegger, pensador insoslayable, de Arturo García Astrada, y casi como apéndice del mismo, pero en volumen aparte, dos textos de Martín Heidegger traducidos por García Astrada : La experiencia del pensar  y Hebel, el amigo de la casa, junto con ellos, Juan L. Ortiz, poesía y ética, de Oscar del Barco, en suma, un puñado de nombres y de intenciones que el presunto lector puede vislumbrar como fuentes de discrepancias antes que como  prendas –iba a decir océano- de comunión. Y tal vez en los mundos de la argumentación y la polémica, de los balances y las guerras, del dinero y del trabajo, no puedan esquivar esos aspectos de su destino, pero en el libre y germinal territorio de la poesía ha de poder entregarse cada uno a su encuentro con los otros, sin consideraciones ulteriores o anteriores. Por supuesto, la poesía depende menos de la intención que de la recepción, aunque entrañe un delicado juego entre una y otra, y pueda conjurarse  mediante la insinuación, la sugerencia, la interrogación, la ironía, la metáfora, y quizás de ahí llevarnos a la admiración, a la contemplación, a lo que los antiguos llamaban teoría…Abandono, entrega, contemplación parecen indicar pasividad, y los pacientes, a diferencia de los agentes, no son susceptibles de ser juzgados éticamente y sin embargo está ahí la palabra ética unida a la palabra poesía, trayendo la sospecha de que el abandono, la contemplación, la entrega, la teoría, eso, lo que sea o no sea y para lo cual no hay palabra propia, es una actividad, una enérgeia independiente de toda potencia, que aparece y desaparece, sin generación ni decadencia, siempre completa, inasible, indecible; y también porque la ética, el ethos, depende de manera necesaria, aunque no suficiente, de un admirar previo a la distinción entre bien y mal, de una experiencia estética del pensar sin la cual no hubieran tenido lugar las otras disciplinas normativas, como la lógica y la ética, que hacen posible, junto con el inexcusable estar ahí, describir y juzgar el mundo y sus alrededores. Hacia ese punto, del cual propiamente no se puede decir nada, hacia aquello que según la figura de San Juan de la Cruz  trasciende toda ciencia, apuntan estos textos, y el que tenga ojos para ver, que no se limite a mirar, sino que vea.
               Es así que voy eludiendo decir,  más bien me voy encontrando obligado a no decir, mientras busco presentar de modo oblicuo estos volúmenes, de ponerlos ante ustedes un tanto subrepticiamente. En esta tarea Juan L. Ortiz viene no tan inesperadamente en mi auxilio, y trae un poema suyo titulado con una pregunta: ¿Qué quiere decir? que traduce una pregunta de Mallarmé: Qu’est-ce que cela veut dire, y que yo recordaba, trampa de la memoria, con un nombre algo más explícito como ‘¿qué nos quieren decir en el crepúsculo?’  Y me preguntaba en esa evocación, ¿Por qué a nosotros? ¿Porqué en el crepúsculo? A nosotros, ¿quiénes somos ‘nosotros’, tal vez a mí que pasaba y estaban estos libros y les eché una mirada curiosa y pregunté ¿qué quieren decir? A nosotros, a mí, tal vez a ustedes. En el crepúsculo, en esa hora intermedia entre las luces y las sombras o entre las sombras y las luces…Es cierto que Juanele sugiere el crepúsculo de la tarde, el lento extinguirse del sol en el horizonte, pero no recurre a la palabra ‘ocaso’, y a la vez lo asimila y lo distingue del anochecer. Acaso porque ‘crepúsculo’ en español preserva una sabrosa ambigüedad, y aún cuando habla de la tarde tiene vislumbres de mañana.  Y crepúsculo también en relación con Heidegger, acaso el pensador crepuscular por excelencia: demasiado tarde para los dioses, demasiado temprano para el ser. Demasiado tarde, como en el mito hesiódico de las edades del hombre, que van degradándose del oro al hierro, edad esta de un presente sin remedio para los males. Demasiado temprano, como en la promesa judía de un salvador por venir, después de un presente menesteroso. Y nuestra época, oh nuestra época, se insinúa epigonal por antonomasia, aquí y allá las re-ediciones: capitalismo tardío, socialismo tardío, y demás reverdeceres…En un sentido o en otro lo nuevo aparece como de nuevo lo anterior.  Y estos dos libros, también re-ediciones que sus autores decidieron traer a esta hora: ¿Qué quieren decir? ¿Qué nos quieren decir en el crepúsculo? Y es aquí donde Juanele se encuentra con Hebel, con el amigo de la casa, y con Arturo y con Oscar. Querer decir es en este paisaje inconmensurable con decir, no tanto porque lo que se diga no alcance a decir o diga otra cosa o diga mejor de otro modo, sino porque lo que se dice se dice así, sin más y sin menos, en tanto que querer decir está una apertura a la interpretación, que no acaba de ser determinada, porque encierra también querer no decir, reticencia, desvío o atajo, y decir sin querer, lapsus del autor o del lector: importa lo que se muestra o se intenta mostrar: el cerco crepuscular, apenas visible y esas figuras humildes…¿Se asimilarán estos libros a esas figuras del poema? ¿Los podremos ver como medio perdidos? Eso sí: no del todo perdidos, ante un cerco apenas visible. La cuestión, intuyo, es la casa, la casa del hombre, de los hombres, el planeta tierra, y vienen estos amigos, amigos de la casa a advertirnos de peligros que se ciernen sobre el paisaje doméstico, a preguntarnos, en especial a preguntarnos, porque las preguntas son caminos para las respuestas, a cuestionarnos, pero a cuestionarnos con la belleza. A marcar, si se quiere, el derecho a la belleza, o más acá del derecho, a la necesidad humana de belleza, de la cual afirma Juanele citado por Oscar: “Acaso la revolución consista en el verdadero descanso, el que permite ver cómo crecen, día a día, las florecitas salvajes…El hombre necesita mirar las flores y mirar el cielo…Sin belleza el hombre se muere se muere de tristeza como un pajarito.” Ese Juanele que se presenta y presenta estos libros preguntando:  

“¿Qué quiere decir el cerco
crepuscular?
¿Qué quieren decir
esas figuras humildes
que descienden
medio perdidas como el cerco?
¿Qué quiere decir el matorral
al cielo que muere
pero que mira, mira, mira;
y esos hombres vagos
que de algún modo mueren
también
todos los anocheceres,
qué quieren decir?
Oh, yo sé algo
de los destinos oscuros:
la bolsa abierta
casi en la sombra
—sobre la mesa, la mesa?
el cabo de vela
se va—
ante las manos impacientes.. .

Pero esos hombres allí
son del crepúsculo
y mueren extrañamente
como él,
melancólicos, melancólicos fantasmas
que bajan, como apresurados,
hacia su noche.

¿Qué quiere decir el cerco?
¿Un hastío de ceniza rameada,
ante el sueño que demora,
lívido, allá arriba,
o una penumbra que se amasa
pobre y medrosa,
como una olvidada alma agreste
en la última tenue luz
desierta?

Oh, las cosas, las cosas,
las plantas, y los espíritus
que flotan casi, no caminan, o se repliegan
en la soledad apenas azul
que los va llevando, hacia dónde?
o los fija, en qué misterio
de raíces aéreas?

Paz de la noche, paz?
para el desconcierto sin nombre
de las cosas y de las criaturas
del anochecer, a merced
de olas infinitas
o de manos increíbles
o de llamados oscuros.
Para las cosas y las criaturas
sin amor, sin miradas,
sin nuestro amor y nuestras miradas,
en el arrabal, que ya es el campo.

Sabremos lo que quieren decir en el crepúsculo?”


Muchas gracias.

Daniel Vera,

Córdoba, 2015

lunes, 30 de noviembre de 2015

Julio Córdoba sin límites

(Julio Córdoba
Entre Ríos 1942-Córdoba 2013)


Julio Córdoba está vivo, y no sólo porque la amistad es perdurable y él supo cultivar y cuidar a sus amigos durante su inagotable juventud, contagiándonos con toda su enjundia,  y de algún modo continúa haciéndolo, acomodándose a aquella calificación de Luis Luchi para quienes merecen llamarse ‘adolescentes crecidos’ y desacatan las órdenes de ostracismo, sino también y esencialmente porque su obra no ha perdido ni una pizca de vitalidad: sus dibujos y pinturas son ahora más vigorosos que entonces, sea en su aspecto crítico de la realidad social y política, sea en sus encrucijadas existenciales, sea en la celebración de los espacios donde tiene lugar la vida.
Invitado a exponer por primera vez en un museo local me distinguió solicitando unas palabras para el catálogo, y quizás con algún énfasis di a entender que los museos no eran el lugar más adecuado para esa energía desbordante y arrasadora; esa iniciativa suya se hizo casi un hábito y en varias oportunidades tuve el gusto de escribir sobre sus criaturas:  El arte para Julio no se limitaba de ninguna manera ni en sus objetos ni en sus sujetos; su actitud era similar a la de aquel filósofo que invitaba a su cocina y alentaba a los curiosos diciéndoles: ‘venid, aquí también hay dioses’. Es así que allí donde se encontrase, encontraba motivos para la creación: a veces se trataba de expulsar engendros malignos, de retornarlos al infierno del que nunca debieron haber salido, a veces había que marcar una angustia o un entusiasmo, a veces se permitía dar fe de algunas bendiciones, el rostro de un conocido o de un desconocido, que acaso se marchaba con el inesperado retrato, o bien la figura y el color de los caballos, cuyas virtudes y tonalidades discurría y discutía con eventuales espectadores, o bien el misterio que convocan los gatos, o los paisajes próximos, domésticos o urbanos, donde acontecen los dramas que para bien o para mal conmueven el corazón humano, manifestaciones por la paz o éxitos en el fútbol. Julio se daba en acompañar a la gente en sus luchas, tanto en las grandes batallas que atraviesan el mundo de generación en generación para hacerlo un poco más acogedor, como en las pequeñas rencillas cotidianas con los obstáculos a los encuentros con nosotros mismos. Es cierto que por ahí fue un poco descuidado consigo, pero no quiero ver en ello sino una muestra más de su generosidad, un olvido de sí para no cesar en su busca insaciable, busca de no se sabe qué, pero que se revela en cada uno de sus hallazgos.

Dibujar, pintar. Sus dibujos, sus pinturas. La continuidad de su vida abierta ahora a otros ojos que lo irán descubriendo en sus respectivas circunstancias y encontrarán en ella innumerables matices que rehúyen  nuestras ocasionales palabras. Quisiera hacia el final fusionarlo con un pensamiento de su comprovinciano, el poeta Juan L. Ortiz, que tomo prestado de un libro de otro amigo, porque entiendo que traduce cabalmente su manera de sentir: ‘acaso la revolución consista en el verdadero descanso, el que permite ver cómo crecen, día a día, las florecitas salvajes…El hombre necesita mirar las flores y mirar el cielo…Sin belleza el hombre se muere de tristeza como un pajarito….’  

Daniel Vera

Córdoba, 2015   

martes, 11 de agosto de 2015

Pinturas de Eumelia Bravo


Tormentas secretas

            El paisaje, se solía decir, es el hombre, y tal vez sea cierto si se entiende por ello  un retrato del alma, aunque el alma de la que hablo en este caso no se puede atribuir con precisión a una persona ni a un grupo ni a una época. Es un alma que Eumelia Bravo va descubriendo mientras pinta, o que yo voy descubriendo mientras contemplo sus pinturas: algunos son lugares próximos, calles y edificios que veo todos los días, pero que aparecen envueltos en una gravedad inusitada, otros traen regiones lejanas y todavía otros parecen surgir de la imaginación y la memoria. Y todos trasuntan una delicada profundidad.
            Bien puede ser el sentimiento del tiempo:  Eumelia viene de una larga temporada  lejos de los pinceles, pero si bien la mano pintora no ha estado activa, cabe sospechar que la mirada del artista no ha descansado, que ha ido asimilando las variaciones, las modulaciones y las mutaciones con que los años destruyen y construyen lo que nos rodea, y esos movimientos han quedado registrados en el vigor de sus pinceladas, en esas rapsodias  de color que muestran mucho más de lo que se ve: la tensión de las fuerzas que hacen aparecer lo que está ahí.

            Bien puede ser la fragilidad de las cosas, la imprevisibilidad del devenir, eso que emerge en las catástrofes súbitas cuando un brusco meteoro transfigura la consuetudinaria calma y arrasa la tierra y el cielo. Así, en una Inundación  no sólo percibimos la furia incomprensible del agua, también están los temores y los temblores de quienes la padecen, la vacilación de sus creencias más firmes, tal vez la conmoción de su fe, que veo, que creo ver en esa cruz torcida sobre el domo de una iglesia. ¡Ah, las iglesias de Eumelia, con sus cruces torcidas, su aspecto de estar siendo sacudidas por un terremoto y, en contradicción con esto, el vigor de sus auras!  Una espiritualidad que más allá, o más acá, de cualquier devoción, se encarna en la incesante voluntad humana de seguir habitando la tierra.   
            Bien pueden ser la sabiduría inefable y la pasión muda que van sedimentando bajo el claroscuro de las palabras nuestras emociones cotidianas, esas que de tan repetidas pasan inadvertidas en su calidad germinal de sentimientos y pensamientos, mientras alimentan nuestras esperanzas y alientan nuestros desvelos, pero que también traslucen trazos de sombra, temores incomprensibles. Ahí, quizás se gestan esas tormentas secretas, esos torbellinos que parecen habitar las cosas.

            (Bien pueden ser solamente luces y sombras, color y ausencia de color, movimiento de la luz sobre la obscuridad o movimiento de la sombra interponiéndose entre la fuente luminosa y la mirada, un juego inocente de elementos inocentes alumbrando a veces y apagando a veces los perfiles, mezclando las perspectivas para sumar ojos a los ojos, haciendo y deshaciendo el contexto por el que transcurren ahora mis voces y mis pasos, figurando en ocasiones una escena rural y representando en otras un drama urbano, llevando al fin mi ánimo hacia una silenciosa calma. Y de tal manera me dicen que su agitada gestación se ha manifestado en una consecuente serenidad.)   

Daniel Vera

Córdoba, 2015

lunes, 29 de junio de 2015

ESPERPENTOS
Esculturas y relieves de Juan Antuña


Esperpentos: los hijos del Patas de Lana

La  historieta, que es lo que resta de la historia luego que se han callado o deformado los nombres y atenuado o alterado algunos énfasis, vale decir, el núcleo esencial de la Historia, esa zona que no frecuenta ningún vencedor, me fue sugerida por una muestra de esculturas y relieves de Juan Antuña. El centro o cabeza de los acontecimientos es el consabido Patas de Lana, también llamado Socio del Silencio, engendrador de inquinas y de infamias, cuyas secretas lacras son la oculta malformación que, cual un populoso retrato de Dorian Gray, hace que el relato histórico ostente una incólume sucesión de gloriosas virtudes y grandezas.

Buchón, Antuña 2015

La historia y el poder han sido siempre sospechados y sospechosos, debido a cierta incongruencia entre la magnanimidad de los héroes históricos  y la cantidad, también histórica, de muerte y miseria multiplicados por aquí y por allá. Parece que fue Goya el primero en llamar esperpentos a estos desatinos de la fuerza, crímenes celebrados como hazañas. Lord Acton, historiador el hombre, vino a darle la razón al pintor y escribió que la historia de la humanidad era en su mayor parte la historia del asesinato en masa y del crimen organizado, por si fuera poco, agregó que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente, pero no habló de esperpentos. El que vino a hablar de esperpentos fue otro español, don Ramón  del Valle Inclán, hacedor de radiografías literarias de dictadores y caudillos, inspector de crueldades y corruptelas, y luego de él otros, hasta llegar a Antuña, quien, se me ocurre, desnuda la mecánica de los hechos: el Padre (de la historia o de la patria o de  lo que fuera) no es el padre, sino un intruso, en todo caso un impostor que se suplanta a sí mismo, de ahí que el Gerónimo (él lo escribe con g) que  corta las cabezas de la Hydra, si quiere hacer un buen trabajo ha de terminar autodecapitándose.  Es que pocos son tan sinceros como Calígula, ostentosos distribuidores de dádivas y degüellos, la mayoría tiene por ahí un asistente clandestino o utiliza una máscara piadosa para disimular sus iniquidades.


Gerónimo decapita la Medusa, Antuña 2015

Acton pensaba que eran los historiadores quienes debían publicar las infamias de los pretendidos próceres, fueran de la nación, el partido o la iglesia que fuesen, pero por ese lado no parece que se hayan conseguido la imparcialidad y el rigor moral requeridos y sean los artistas, en su mundo de ficción, quienes divulguen sus anónimos y verdaderos rostros.

Daniel Vera, 2015

miércoles, 7 de enero de 2015

BORGES LECTOR de Nietzsche y Carlyle
Ensayo
Sergio Sánchez
Editorial Universidad de Córdoba
Córdoba, 2014,


Sánchez, lector de Borges

Pese a los temores expresados alguna vez por Jorge Luis Borges, la especie de los lectores no se ha extinguido completamente y Sergio Sánchez es un notable ejemplar de la misma.  Le caben, acaso, dos adjetivos de estirpe borgiana: es lector infatigable y minucioso, y ha seguido con ahínco y lucidez de baquiano las lecturas nietzscheanas y carlyleanas de Borges. Para quienes, como yo, no acostumbramos a internarnos por los laberintos de las citas, menciones y alusiones, sino que nos conformamos con leer de corrido y aún de apurado, la deconstrucción y reconstrucción del discurso borgiano que se nos ofrece en estas páginas es una figura cautivadora. Hay un Borges, justo es decirlo, bastante parecido al que nosotros imaginábamos, pero al que se accede y certifica por medio de una certera erudición: de pronto tuve la impresión de estar leyendo el Finnegan’s wake orientado por los sabios comentaristas de James Joyce, esto es, de estar penetrando la trama del tapiz.
 

 De esta lectura de lecturas se sigue que el estilo de un escritor (y de un lector) no es una cuestión prescindible de ornato superficial, sino que encarna en gramática las vicisitudes de un hombre en su relación con los otros hombres, o lo que es lo mismo, de un libro con los otros libros, de ahí que su tono escéptico aliente expectativas de convivencial pluralidad. Una sola disonancia con muchos y muy autorizados textos: no comparto la condena del Also sprach Zarathustra, entiendo que sus énfasis son esencialmente irónicos, aunque en este caso como en otros, la ironía traicionó a su autor y este fue celebrado por aquellos a los que condenaba y fue condenado por los que debían celebrarlo.

Daniel Vera, 2015.

martes, 4 de febrero de 2014

EXPERIMENTOS CON SERES HUMANOS
¿Novela?
Carlos Schilling
Editorial Nudista
183 páginas
Córdoba 2013


"Denken Sie daran, Mensch, daß Staub bist du, und zum Staub wirst du zurückkehren"

“Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris”
“Hombre, acuérdate que polvo eres y que al polvo volverás”
Génesis, III, 19

            Quizás la genealogía sea el más antiguo género literario y lleve los genes de todos los demás géneros. Si es así, puedo decir que Carlos Schilling lo ha llevado hasta uno de sus orígenes: el Génesis. El escritor ha confesado por ahí que cierto disgusto por su apellido contante y sonante de moneda metálica estuvo en el comienzo de esta ficción genealógica, Experimentos con seres humanos, donde el apellido protagonista es Staub. Schilling real muda en Staub fingido, el sonoro chelín se vuelve polvo sordo; sordo, pero no mudo, porque cuenta, y lo contado toma el valor de uso que el mero valor de cambio no puede adquirir al contado.

            La saga de los Staub, comienza en Alemania (al menos comienza en alemán, idioma en el que ‘Staub’ vale por ‘polvo’), y surge de inmediato la asociación con Die Buddenbrooks. Verfall einer Familie, pero la decadencia de esta familia migrante, su revertir en polvo parlanchín, no está enturbiada por la bruma boreal y los principales paisajes de sus acciones, Santa Fe y Córdoba, y algo de su ritmo cómico (komisch, raro, peculiar) remite más bien a las frondosas ramificaciones de Los ochoa (los 8a, como le gustaba escribir a don Juan Filloy). Lucas y Claus Staub, herederos nominales de Diana y Nadia, aquellas especulares imágenes de un Schilling anterior, sugieren desde sus nombres la imagen de que somos individuos inconfundibles, inconvertibles, irrepetibles, pero estamos elaborados en común por los mismos elementos dispuestos en distinto orden (lo que en sus hélices dobles deletrea la secuencia de ADN). Esta historia de historias (la otra historia, la Geschichte, el lugar de los hechos históricos es el gran laboratorio donde a través de siglos y milenios se experimenta, entre otras cosas, con seres humanos y a veces se obtiene algún resultado feliz entre muchas abominaciones) no es conclusiva, por lo que quizá valga como novela, según la definición de André Gide en Les Faux-monnayeurs y Schilling vuelva así a tener relación con la moneda, aunque falsa y emparente  con la mejor literatura. Revertir en polvo es destino compartido por todos, si bien antes es posible transitar por las letras individualizadoras, por la escritura, cuna o impresión digital de la palabra, esa palabra que disolverá ineluctablemente en el aire y que se suele vincular al soplo del espíritu: “Hecho de polvo y tiempo, escribió Borges, el hombre dura menos que la liviana melodía que solo es tiempo... "  

            Daniel Vera

Córdoba, 2014.