martes, 28 de marzo de 2017

Julio Cabrera: filósofo, cordobés y pesimista
JULIO CABRERA
“No consigo trabajar dócilmente en áreas ya constituidas. La filosofía de la lógica fue para mí un ámbito de discusión de la Lógica Formal en sus pretensiones de decidir acerca del sentido y validez de discursos filosóficos. La filosofía del lenguaje, una oportunidad de discutir la hegemonía analítica en esta área y estudiar la variedad de filosofías del lenguaje (analíticas, hermenéuticas, meta-críticas) siempre en conflicto mutuo. Mis reflexiones sobre Cine y Filosofía pueden ser vistas como estudios sobre el lenguaje de imágenes y creación imaginante de conceptos. La ética, un dominio en donde conseguí desarrollar antiguas intuiciones acerca de la imposibilidad de la moral, la inmoralidad de la procreación y una posible moralidad del suicidio. Mis intereses actuales en el pensamiento latino-americano (o desde América Latina) tratan de ubicar mis trabajos lógicos y éticos en una dimensión de pensamiento insurgente, contra la hegemonía del pensamiento euro-centrado en las universidades latino-americanas, y sobre todo brasileñas.”
·         El Lógico y la Bestia (1995)
·         O Cinema pensa (2006)
·         Diálogo/Cinema (2013)
    Hasta aquí  algo que Cabrera dice de sí y una lista autorizada de sus libros. Para quien encuentre interés en su pensamiento puede continuar consultando su blog
filosofojuliocabreraes.blogspot.com/. De mi parte, digo que comenzamos a estudiar filosofía en la UNC allá por 1965 y que lo admiré desde un principio; recuerdo que estaba en clase con un amigo de entonces, Carlos Converso, titiritero en México, según las últimas noticias que tengo, y que lo señalamos y apodamos ‘Cara de genio’; luego nuestro interés común en lógica por una parte, y en literatura por otra, una coyunda no muy frecuente, nos fue aproximando, pero él iba siempre adelante –acaso porque me distraje demasiado con el periodismo, el sindicalismo y la política, o sin acaso simplemente porque él iba adelante-, hasta el punto en que yo recibí mi título de licenciado el mismo año y en el mismo acto de colación de grados en que él obtuvo el suyo de doctor, luego de que hube cursado bajo su dirección un seminario sobre la estética de Wittgenstein, además de haber aprendido en esos años bajo su amistosa guía casi todo lo que sé de música y de cine. Así, para que se comprendan nuestras afinidades y diferencias; luego él conoció la persecución y el exilio, motivados seguramente por la envidia y la originalidad de sus perspectivas, ya que no tenía militancia política alguna. Su carrera académica, y su vida, continuaron en Brasil, mientras yo me fui convenciendo poco a poco de que no quería moverme de aquí ni siquiera transitoriamente: Ach, verglebich das Fahren!
   Debo haber sido algo optimista entonces, porque sufrí el encanto de la Revolución, pero un optimismo matizado con la lectura del Cándido de Voltaire y con una tendencia anti utopista alimentada por George Orwell, Aldous Huxley y Bertrand Russell, de modo que no faltaron discrepancias entre Cabrera y yo, lo que hacía entretenidas nuestras conversaciones. Con el tiempo y las magulladuras históricas advertí que la democracia, sin llegar a ser buena, es un mal menor frente a cualquier utopía imanente o trascendente, sea para delirar con un Reich de mil años, con un paraíso terrenal socialista o con la salvación eterna; puede que esta valoración sea lo que resta de aquel precario de optimismo. Eso sí, siempre me gustó vivir, y me gusta todavía, y nunca me pregunté si eso era bueno o era malo, acaso peco de frívolo porque la tematización de la ética más allá de la lógica deóntica me ha sido particularmente esquiva. Pero quiero quedarme con un corolario del pensamiento cabrío en su diálogo con Dussel: el pesimismo no es revolucionario. Pero, agrego, tampoco es depresivo, de ahí que en mi agenda el suicidio es un acto optimista que se comete con la convicción de terminar con un mal, sea personal, social o ultramundano, lo mismo que el fin del mundo y el juicio final implican la esperanza de acabar definitivamente con el mal o mejor, con el Mal.
   En mi peronismo, no he dejado de sentirme un paria intelectual, por no anhelar un pensamiento nacional o una llamada filosofía o teología de la liberación: cada uno piensa donde está, con lo que tiene y como puede, desconfiando –si se aprecia pensar, se tiene que ser desconfiado- de quienes pretenden ayudar a pensar, porque estos ‘ayudantes’ por lo general quieren hacerte el bocho, es decir, suprimir o limitar cualquier asomo de pensamiento personal. De ahí que me parezcan de suma importancia las ideas de Cabrera a este respecto: ni lo europeo es universal ni lo brasileño (o lo argentino) es nacional. Apuesto un poco más, fuera de algunas convenciones estatales, la nacionalidad se diluye en multitud de figuras en la que confluyen azarosamente líneas provenientes de las más diversas direcciones y la universalidad, si es algo, es la capacidad de asimilar (luego de haber devorado, según lo quieren Cabrera y Oswald de Andrade) y potenciar esas líneas en creaciones e invenciones inéditas. Que uno de los efectos de la enseñanza institucional de la filosofía es mitigar estos efectos insurgentes no es un fenómeno local y se manifestaba ya en una carta de Hegel a un ministro de educación donde anotaba que la incorporación de la filosofía en el Gymnasium, apartaría a los jóvenes de escabrosas cuestiones como la existencia de Dios, el alma, la libertad, etcétera. Latente está en esas palabras la aspiración totalitaria de utilizar las escuelas, colegios y universidades para enseñar la ‘Verdadera Filosofía’, aspiración que con mayor o menor énfasis se esconde en todo programa de pensamiento hegemónico u orgánico; por el contrario, puede decirse que si dos personas piensan lo mismo, hay por lo menos una que no piensa. Encuentro en Cabrera esta celebración de la diversidad, y la celebro, no porque propendan a una liberación tutelada, sino porque afirman esa elusiva noción denominada libertad: sapere aude!

Daniel Vera
Córdoba, 2017


martes, 25 de octubre de 2016

Escenas de la Commedia universal
Disfrazado de Novia
Carlos Schilling
Editorial Nudista, 170 páginas
Córdoba 2016

En el canon occidental o, con menos pretensiones, en un canon accidental, el mío, la Beatriz del Dante es por antonomasia la mujer imposible del escritor favorito, aunque tal vez al alígero sólo le trajo felicidad literaria en ese monumento que compuso, como lo sugiere alguna lectura, para encontrarse con ella en el Paraíso y mirarla sonreír eternamente como si la sonrisa le estuviera dirigida; en la historia de la filosofía, que es otro canon, Regine Olsen, novia con la que Sören Kierkegaard rompió y luego transformó en símbolo inspirador de su pensamiento, relación acaso sugerida por la de Dante con Beatriz, es el modelo ejemplar. Unidos los dos motivos, no es imposible imaginar que algún ser real o ficticio se haya Disfrazado de novia para sugerir a Carlos Schilling la elucubración de estas escenas de commedia abundante en pecados, penitencias y redenciones, aunque mucho más difusos y confusos que en la clara casuística teológico moral del florentino y con una carga personal (‘es lo que hay’, diría un cordobés) tan intensa como la acostumbrada por el gran danés en sus ladridos existenciales.
Lo cómico –descubro de manera tardía- es lo opuesto a lo trágico, y no a lo serio, y es mucho más serio que lo trágico, ya que las tragedias son ‘perfectas’ tienen un cierre y concluyen alguna vez, son universos cerrados como el cuento en alguna mitología narrativa que Schilling soslaya llamando relatos estos ejercicios, en tanto que las comedias quedan abiertas, pueden continuar, con sus muertes absurdas, sus evasiones irrisorias y sus amores insensatos, hasta que las velas no ardan o ardan sin quemar o quemen sin arder. Recuerdo también que Dante es autor de De vulgari eloquentia, ensayo donde defiende en latín las calidades expresivas la lengua vulgar, el italiano, que él ejemplificó soberanamente en la Commedia que hoy llamamos divina, y esto porque sin énfasis ni recato Schilling remite a medios y símbolos de lo que podría llamarse  ‘cultura pop universal’ donde se mezcla la Biblia con el calefón, o más literalmente, Wittgenstein con The Bangles, cuyo albúm Everything viene muy a propósito para nombrar ese contexto sin contexto donde todo está al alcance de todos en una ventana electrónica que en anacrónicos lectores evoca incesantemente a la Biblioteca de Babel, al Aleph y al Libro de Arena. The  Bangles también por Susana Hoffs, con nombre de casta y apellido de esperanza (Hoffnung, en alemán, ich hoffe, yo espero), lo que le da pista y pasta a uno de por aquí para convertirse en su Novio Secreto y enamorado perpetuo: Casta Esperanza que conoció por televisión, en una vidriera de electrodomésticos, y quedó hechizado por ella como Dante por Beatriz o como Kierkegaard por Regine; por supuesto, no la convierte luego en su amor cortés y finalmente en su destino poético y teológico, transfiguración que no pudo completar Kierkegaard con la novia que dejó plantada en aras de la filosofía, porque el marido de Regina le prohibió nombrarla, sino que más mundano que aquel y algo más práctico que este, con una suerte de platonismo resignado, se conforma con Verónica, copia verdadera aunque más sensible al paso del tiempo, de una Idea casi inmutable gracias a la protección brindada por la magia mediática, con cuyo socorro construye un altar moreliano para rodearse de ella a perpetuidad.
            Verónica, dicen los que saben más, proviene de Berenice (la que trae la victoria), cuya cabellera arde en el firmamento nocturno y en la poesía de Bernardo Schiavetta, pero yo acabo de aludir a una etimología popular medieval, basada en un evangelio apócrifo, según el cual una mujer habría enjugado con un lienzo el rostro de Jesús en su calvario, y en la tela habrían quedado impresos los rasgos –vera icon- de quien iba a ser crucificado. Vera, digo, y agrego Schiavetta, icónico poeta, porque ambos aparecemos en la misma escena de esta ‘commedia’, no tan grotesca acaso como la Divina (ni siquiera como la humana réplica balzaciana), pero que como aquella no desdeña incluir escritores entre sus personajes. A nosotros dos nos toca estar con Nemrod en un mismo espacio infernal, ni círculo ni helicoide, más bien pampa llana, construido con pretexto del legendario Lorenzo Deus y sus pláticas en el desierto, pero que quizás merezca otra interpretación debido a que Schiavetta ha asimilado endecasílabos míos al espléndido Raphèl maì amècche zabì almi, junto con el mero hecho de mi escasa propensión para buscar lectores y mi colosal facilidad para no encontrarlos, en vista de que la mayoría de mis invenciones han sido calificadas de muy difíciles de entender y no pocas lisa y llanamente de ininteligibles, como les habría pasado –supongo- a los discursos en español de Deus entre aborígenes no colonizados, si por azar lo hubieran escuchado.
            Borges se ‘figuraba el Paraíso bajo la especie de una biblioteca’, los personajes de Schilling, habitantes de un planeta en el que las bibliotecas son espacios virtuales y los libros –incluso este, editado con cuidadoso celo- tienden a ser memoriales de un hábito preterido, tal vez asimilen la biblioteca a un Infierno en el que uno debe andar de un lado para otro, deshojando volúmenes para encontrar una referencia, tienen otros destinos gloriosos o infames, a veces efímeros, como una fiesta en un Airbus a miles de metros de altura, a veces simbólicos como el Premio Nobel para Silvio Mattoni, a veces tediosos como quedar encadenado después de muerto a una esquina de Colonia Tirolesa o jugar indefinidamente al ping pong en Mayu Sumaj, a veces subjuntivos, como hubiera sido compartir la vida con la mujer imposible, y casi siempre, o siempre, ambiguos, digo ahora, que recuerdo un texto, ya no sé si de Gabriele D’annunzio o de Giovanni Papini, en la que el sujeto la mañana siguiente a su noche de bodas mira a la mujer que yace a su lado, se imagina la escena repetida en todos los días por venir y huye despavorido. En suma, se hace o no se hace el campo amor: en este mundo traidor nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira.
            Una coda para Regina Olsen, las novias perfectas y las mujeres imposibles: Kierkegaard murió joven y desconocido a los 42 años en 1855. Me han contado que casi cincuenta años después, entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, a una anciana Regina le extrañaba que el mundo académico prestara atención a los escritos de quien ella recordaba vagamente como un muchacho inconstante y excéntrico.

Daniel Vera,
Villa Páez, 2016


domingo, 25 de septiembre de 2016



Medio Dicho, miedo dicho medio miedo miedo medio

Presentación del N° 42 de la
Revista anual de Psicoanalisis Medio Dicho

Hay cantidad de miedos y muchos de estos están en los medios, y se tejen redes con esos y con otros miedos y hasta hay un botón institucional para cuando el miedo se transforma en pánico, pero presumo que hay miedos secretos, miedos que no podemos confesar, porque ignoramos que los tenemos, tal vez alguno de aquellos tan públicamente manifestados se encuentre más de una vez entre estos celosamente callados. Más de uno de esos miedos secretos suelen ser miedos a las palabras, y de manera más general miedos a la lengua, a lo que nos imaginamos que es un lenguaje.  De ahí que en lo que me toca como presentador ensaye un vínculo entre el artículo de Jacques Alain Miller ¿ha dicho raro? , o quizás ¿ha dicho “bizarro”? y los que tratan explícitamente sobre el miedo o la falta de miedo; mi intención surge entre otras razones porque allí se trae a colación una cita de Roland Barthes: ‘la lengua es fascista’, expresión que puede causar asombro, porque el lenguaje tiene buena prensa y pocos nos sentimos inclinados a sospechar conscientemente de él, aunque en nuestros comportamientos haya signos  de estar afectados por esos miedos. Sabidos es que lo que no podemos decir, impedidos por la censura externa o interna, incluso lo que nos impedimos saber que nos impedimos decir, lo figuramos en mitos, y el mito a propósito de estos miedos, ¿podría decir “logofobias”  es el de la Torre de Babel. En ese relato parecen ser vituperadas dos situaciones extremas: una, la lengua única y unívoca, que disgusta a Yavé y otro a la multitud de lenguas que confunde y separa a los hombres con su equivocidad.
 Hemos olvidado –hemos querido olvidar y por ahí no hemos querido darnos cuenta de- que en el aprendizaje del lenguaje hemos estado –y estamos, por ejemplo, cuando recurrimos a un diccionario o a una gramática- sometidos a una autoridad  presuntamente inapelable; en la mayoría de los casos es una autoridad legítima, que se limita a enumerar los usos de una palabra o de una forma gramatical, que siempre se pueden ampliar o revisar, y no de un decreto imperial monolítico que estemos obligados a seguir letra por letra. Pero ese fantasma terrible se insinúa cuando queremos decir algo original o singular, algo raro, algo ‘bizarre’ dice el original francés, que aclara que es una palabra importada del español ‘bizarro’, que quería decir valiente o arrojado antes de asumir este sentido de extravagante o exótico, por no decir raro, que los hispano parlantes hemos importado del francés o del inglés…¿Es posible que el juego de la traducción nos haga ver la valentía como algo bizarro? ¿Resulta raro ser valiente? ¿Cómo podemos animarnos a decir esto? No dudo de que si queremos construir una torre que lleve al cielo todos tendríamos que hablar una lengua única –y para ser única necesita ser unívoca, y la univocidad es precisamente eso: una sola voz, una voz que no dejaría lugar para nuestras voces, y en cuanto cualquiera de nosotros quisiera decir algo propio, no sería entendido ni sería admitido en esa laboriosa comunidad de constructores, y hasta podemos imaginar algunas frases que no se podrían articular en ese “idioma”: no se podría decir, por ejemplo, que la torre es imposible, que la torre es inútil, que disgusta a Yavé. He escrito “idioma” y lo he escrito entre comillas, porque este vocablo apunta a lo propio, a lo idiosincrático, y el colmo de lo propio es la idiotez que no nos permite salir de nosotros mismos, pero a esto apuntaré luego, por ahora quiero detenerme en los constructores de torres que llevan al cielo, no en los del mito, sino en los de la historia, porque históricamente no han faltado ni faltan pretendidos campeones de la humanidad que dicen ser conocedores del destino del mundo y depositarios de los “verdaderos” significados de las palabras dispuestos a arrear todo el rebaño y en beneficio de su proyecto totalitario han intentado el monopolio del diccionario, excluyendo toda interpretación alternativa, proscribiendo neologismos y metáforas, ayudados, por supuesto por instrumentos y prácticas no lingüísticas, instrumentos y prácticas de las que está prohibido decir que disgustan a Yavé o que resultan lesivos para nosotros o para vosotros o para algunos otros. Una lengua así no existe ni ha existido, aunque por ahí filósofos y lingüistas en busca de una universalidad unitaria hayan postulado y bosquejado un artefacto semejante, modelo abstracto admisible sólo porque hace abstracción de los usuarios.
Pero de aquella fallida edificación, sea por ese enojo de Yavé señalado en el mito o simplemente porque a los hombres les suele gustar decir algo “bizarro”, un chiste, una metáfora, una fábula para divertir y divertirse, para engañar y a veces para engañarse, para tejer alianzas unos contra otros, para segregar a los extraños, para ocultarse de los propios –como hacen los adolescentes con su jerga en perpetua mutación que los adultos nunca llegamos a dominar, o los delincuentes con sus códigos impenetrables para la mayoría- de aquella arcana unidad, si es que hubo alguna vez alguna, surgió este maremágnum de lenguas, idiomas que nunca se terminan de contar porque de tiempo en tiempo nace uno nuevo –afirman que actualmente son más de cinco mil las “lenguas vivas”, aunque hay algunas “muertas” cultivadas por arqueólogos, paleontólogos y otras runflas de estudiosos de aquello que se dijo para averiguar lo que pasó o de aquello que pasó para conjeturar lo que se dijo o pudo haberse dicho, si es que pudo decirse algo.. En fin, tantas lenguas después de Babel, que los grupos humanos estarían impedidos de comunicarse verbalmente unos con otros, y en el extremo, si extendemos el alcance del mito, algún hombre singularísimo idearía un lenguaje para uso propio y encontraría impracticable el de los demás, eso caería dentro de lo que se llama  lenguaje privado, otro engendro mítico supuesto para proteger la intimidad propia del oído ajeno y la mirada ajena, porque ya se sabe, el infierno son los demás…Tal es nuestra precaria situación: O bien nos quieren hacer objetos de una lengua ajena y enajenante o bien cada uno de nosotros pretende ser único sujeto de la propia. Pero ni tanto, ni tan poco, y de uno u otro modo intentamos ser sujetos de nuestra lengua sin caer en la idiotez, y así, sea por la desconfianza, por la envidia, por el amor, por el odio o por lo que fuera que nos inspiran los extraños, desde que se tiene noticia unos y otros han querido saber lo que otros y unos piensan de unos y otros y lo que traman en sus mutuos respectos, y ya para defenderse, ya para imitar algún rasgo de su modo de vida, ya para atraer alguna Julieta a los brazos de algún  Romeo o viceversa, ya para copiar una receta de cocina, para preparar un ataque sorpresa, ya para comerciar o impedir el comercio, se ha traducido de unas lenguas a otras y de otras a una, y según mi modo de ver, pese a todas las críticas y los malos entendidos, en general ha sido más lo que se ha ganado que lo que se ha perdido en la traducción. Y aquí viene a conjugarse mi propósito, dado que por un lado el poeta Michel Leiris ha identificado traducción y metáfora, y por otro el griego moderno designa con “metáfora”, lo que llamamos mudanza, tengo la imagen de que al traducir o al metaforizar hacemos que los significados cambien de lugar, los sacamos de su lugar habitual –que no es nunca su lugar natural porque nunca estuvieron allí antes de que los pusiéramos allí: son como los muebles de una casa y, si quieren, como la misma casa- y una vez sacados de ahí  nunca llegamos a saber con precisión a qué lugar fueron a parar o van a ir a parar. Por eso en nuestro conversar –o discutir o litigar o confesar o leer- estamos como los primeros traductores, que no disponían de un diccionario ni una gramática para aproximarse a la otra lengua, y no tenían más remedio que interpretar lo que el otro decía, y en cuanto mejor lo interpretaban mejor la conocían y en cuanto mejor la conocían mejor la interpretaban, y con el conocimiento de la lengua incrementaban el conocimiento del otro y con el conocimiento del otro incrementaban el conocimiento de la lengua: pero nunca sus palabras son cabalmente nuestras y nunca nuestras palabras son enteramente suyas; lejos de ser perfectamente claras y distintas, acumulan pátinas de vaguedad o se bifurcan en ambigüedades: cada caso muestra residuos dispuestos para una ulterior interpretación, porque pese a la extraordinaria importancia que tiene el lenguaje para los seres humanos, la comunicación entre nosotros no comienza ni termina con el lenguaje, aunque el lenguaje pueda conducirnos a límites siempre provisorios. En otros términos: no hay nada dicho del todo, pero todo, incluso el miedo está medio dicho o, por lo menos en camino a Medio Dicho. Muchas gracias.


Daniel Vera
Córdoba, 2016

sábado, 5 de diciembre de 2015

¿Qué quieren decir en el crepúsculo…?

Presentación de los libros
Heidegger, pensador insoslayable, de Arturo García Astrada
La experiencia del pensar-Hebel, el amigo de la casa, de Martín Heidegger (traducción de A.G.A.)  y
Juan L. Ortiz, poesía y ética, de Oscar del Barco


         Extraña solicitud del editor: pedirme que presente estos libros, en su hondura filosófica opuestos a mi formación más bien analítica y positivista, acaso vindicadores de una tradición romántica de la cual no pocas veces he tratado de apartarme. Todo sea, para decirlo con palabras de Alejandro Nicotra, porque la poesía es lugar de reunión y se espera alguna revelación de este encuentro, o lo que es lo mismo, simplemente porque sí, sin causa ni razón ni motivo. Esta última circunstancia, sospecho, es la que se muestra en mayor armonía con la atmósfera de estos textos que me atrevo a llamar post-metafísicos, donde se elude o se rodea la pregunta por la causa primera y el fin último y por las demás causas y fines, para abandonarnos a la insinuada claridad, u obscuridad, de ser. Es así que he aceptado, sin obligación de decir nada, ya que lo que se pueda decir ha de caer seguramente fuera de lo que se trata, porque no se trata de decir. He aquí los títulos y los autores Heidegger, pensador insoslayable, de Arturo García Astrada, y casi como apéndice del mismo, pero en volumen aparte, dos textos de Martín Heidegger traducidos por García Astrada : La experiencia del pensar  y Hebel, el amigo de la casa, junto con ellos, Juan L. Ortiz, poesía y ética, de Oscar del Barco, en suma, un puñado de nombres y de intenciones que el presunto lector puede vislumbrar como fuentes de discrepancias antes que como  prendas –iba a decir océano- de comunión. Y tal vez en los mundos de la argumentación y la polémica, de los balances y las guerras, del dinero y del trabajo, no puedan esquivar esos aspectos de su destino, pero en el libre y germinal territorio de la poesía ha de poder entregarse cada uno a su encuentro con los otros, sin consideraciones ulteriores o anteriores. Por supuesto, la poesía depende menos de la intención que de la recepción, aunque entrañe un delicado juego entre una y otra, y pueda conjurarse  mediante la insinuación, la sugerencia, la interrogación, la ironía, la metáfora, y quizás de ahí llevarnos a la admiración, a la contemplación, a lo que los antiguos llamaban teoría…Abandono, entrega, contemplación parecen indicar pasividad, y los pacientes, a diferencia de los agentes, no son susceptibles de ser juzgados éticamente y sin embargo está ahí la palabra ética unida a la palabra poesía, trayendo la sospecha de que el abandono, la contemplación, la entrega, la teoría, eso, lo que sea o no sea y para lo cual no hay palabra propia, es una actividad, una enérgeia independiente de toda potencia, que aparece y desaparece, sin generación ni decadencia, siempre completa, inasible, indecible; y también porque la ética, el ethos, depende de manera necesaria, aunque no suficiente, de un admirar previo a la distinción entre bien y mal, de una experiencia estética del pensar sin la cual no hubieran tenido lugar las otras disciplinas normativas, como la lógica y la ética, que hacen posible, junto con el inexcusable estar ahí, describir y juzgar el mundo y sus alrededores. Hacia ese punto, del cual propiamente no se puede decir nada, hacia aquello que según la figura de San Juan de la Cruz  trasciende toda ciencia, apuntan estos textos, y el que tenga ojos para ver, que no se limite a mirar, sino que vea.
               Es así que voy eludiendo decir,  más bien me voy encontrando obligado a no decir, mientras busco presentar de modo oblicuo estos volúmenes, de ponerlos ante ustedes un tanto subrepticiamente. En esta tarea Juan L. Ortiz viene no tan inesperadamente en mi auxilio, y trae un poema suyo titulado con una pregunta: ¿Qué quiere decir? que traduce una pregunta de Mallarmé: Qu’est-ce que cela veut dire, y que yo recordaba, trampa de la memoria, con un nombre algo más explícito como ‘¿qué nos quieren decir en el crepúsculo?’  Y me preguntaba en esa evocación, ¿Por qué a nosotros? ¿Porqué en el crepúsculo? A nosotros, ¿quiénes somos ‘nosotros’, tal vez a mí que pasaba y estaban estos libros y les eché una mirada curiosa y pregunté ¿qué quieren decir? A nosotros, a mí, tal vez a ustedes. En el crepúsculo, en esa hora intermedia entre las luces y las sombras o entre las sombras y las luces…Es cierto que Juanele sugiere el crepúsculo de la tarde, el lento extinguirse del sol en el horizonte, pero no recurre a la palabra ‘ocaso’, y a la vez lo asimila y lo distingue del anochecer. Acaso porque ‘crepúsculo’ en español preserva una sabrosa ambigüedad, y aún cuando habla de la tarde tiene vislumbres de mañana.  Y crepúsculo también en relación con Heidegger, acaso el pensador crepuscular por excelencia: demasiado tarde para los dioses, demasiado temprano para el ser. Demasiado tarde, como en el mito hesiódico de las edades del hombre, que van degradándose del oro al hierro, edad esta de un presente sin remedio para los males. Demasiado temprano, como en la promesa judía de un salvador por venir, después de un presente menesteroso. Y nuestra época, oh nuestra época, se insinúa epigonal por antonomasia, aquí y allá las re-ediciones: capitalismo tardío, socialismo tardío, y demás reverdeceres…En un sentido o en otro lo nuevo aparece como de nuevo lo anterior.  Y estos dos libros, también re-ediciones que sus autores decidieron traer a esta hora: ¿Qué quieren decir? ¿Qué nos quieren decir en el crepúsculo? Y es aquí donde Juanele se encuentra con Hebel, con el amigo de la casa, y con Arturo y con Oscar. Querer decir es en este paisaje inconmensurable con decir, no tanto porque lo que se diga no alcance a decir o diga otra cosa o diga mejor de otro modo, sino porque lo que se dice se dice así, sin más y sin menos, en tanto que querer decir está una apertura a la interpretación, que no acaba de ser determinada, porque encierra también querer no decir, reticencia, desvío o atajo, y decir sin querer, lapsus del autor o del lector: importa lo que se muestra o se intenta mostrar: el cerco crepuscular, apenas visible y esas figuras humildes…¿Se asimilarán estos libros a esas figuras del poema? ¿Los podremos ver como medio perdidos? Eso sí: no del todo perdidos, ante un cerco apenas visible. La cuestión, intuyo, es la casa, la casa del hombre, de los hombres, el planeta tierra, y vienen estos amigos, amigos de la casa a advertirnos de peligros que se ciernen sobre el paisaje doméstico, a preguntarnos, en especial a preguntarnos, porque las preguntas son caminos para las respuestas, a cuestionarnos, pero a cuestionarnos con la belleza. A marcar, si se quiere, el derecho a la belleza, o más acá del derecho, a la necesidad humana de belleza, de la cual afirma Juanele citado por Oscar: “Acaso la revolución consista en el verdadero descanso, el que permite ver cómo crecen, día a día, las florecitas salvajes…El hombre necesita mirar las flores y mirar el cielo…Sin belleza el hombre se muere se muere de tristeza como un pajarito.” Ese Juanele que se presenta y presenta estos libros preguntando:  

“¿Qué quiere decir el cerco
crepuscular?
¿Qué quieren decir
esas figuras humildes
que descienden
medio perdidas como el cerco?
¿Qué quiere decir el matorral
al cielo que muere
pero que mira, mira, mira;
y esos hombres vagos
que de algún modo mueren
también
todos los anocheceres,
qué quieren decir?
Oh, yo sé algo
de los destinos oscuros:
la bolsa abierta
casi en la sombra
—sobre la mesa, la mesa?
el cabo de vela
se va—
ante las manos impacientes.. .

Pero esos hombres allí
son del crepúsculo
y mueren extrañamente
como él,
melancólicos, melancólicos fantasmas
que bajan, como apresurados,
hacia su noche.

¿Qué quiere decir el cerco?
¿Un hastío de ceniza rameada,
ante el sueño que demora,
lívido, allá arriba,
o una penumbra que se amasa
pobre y medrosa,
como una olvidada alma agreste
en la última tenue luz
desierta?

Oh, las cosas, las cosas,
las plantas, y los espíritus
que flotan casi, no caminan, o se repliegan
en la soledad apenas azul
que los va llevando, hacia dónde?
o los fija, en qué misterio
de raíces aéreas?

Paz de la noche, paz?
para el desconcierto sin nombre
de las cosas y de las criaturas
del anochecer, a merced
de olas infinitas
o de manos increíbles
o de llamados oscuros.
Para las cosas y las criaturas
sin amor, sin miradas,
sin nuestro amor y nuestras miradas,
en el arrabal, que ya es el campo.

Sabremos lo que quieren decir en el crepúsculo?”


Muchas gracias.

Daniel Vera,

Córdoba, 2015