domingo, 19 de mayo de 2019


Diálogos lentos con la vida
Osvaldo Pol, sj
Poemas


E D U C C
E D I T O R I A L
Universidad Católica de Córdoba
Córdoba 2018 


                           Una voz amable

En una edición al cuidado de Lila Perrén de Velasco, Graciela Ferrero y Gloria Franchisena de Lezama, llegan estos poemas, homenaje póstumo al poeta Osvaldo Pol, el padre Pol, fallecido en el año 2016. Atravesado por dos vocaciones, la de sacerdote y la de poeta, a las que conjugaba, pero que no confundía, como él mismo se encarga de señalarlo en unas páginas en las que da su respuesta a la pregunta ¿por qué escribo?, y cuyo diálogo señala Graciela Ferrero en la contratapa y explora Lila Perrén de Velasco en el prólogo, en sus poemas se manifiestan dos sentidos de la palabra ‘gracia’: la gracia poética, sin cuyo auxilio ningún verso se sostiene, y la gracia divina, la Gracia para él, que es también otro nombre de la Caridad.

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Imposible para mí separar ahora la lectura silenciosa de su obra del tono amable de su voz, aún en los momentos más severos y más obscuros, en los encuentros y los desencuentros en:
‘Una historia
condenada a recomenzar
cada vez que despertamos
sin Ariadna nuestro lado.’
O  en:
‘La guerra que nos prodigamos
a paso lento
y crueles dentelladas.’
Lo amable se funda en el amor, el Amor, que para Osvaldo Pol era una categoría incluso superior al ser, pero que sin embargo no lo deslindaba del mundo y su palabra poética podía y puede llegar sin mella a cualquiera que pase por ella:
‘Todo viene ofrecido como un don que sorprende
y acaricia
siempre inmerecido…’

  
Daniel Vera,
Córdoba, 2019.

domingo, 28 de octubre de 2018


Cormorán
Elisa Molina
Poemas

Alción Editora
Córdoba 2018 

Phalacrocorax

            Dylan Thomas, en pugna con los surrealistas, reconocía que si bien las metáforas no eran elaboradas conscientemente, su elección y selección, esto es: la decisión de llamarlas poemas, era plenamente consciente; creí ver allí otro caso de poeta romántico con poética clásica, afín al paradigma (enunciado por Borges) de la composición de El Cuervo  formulada por Edgar Allan Poe. Esto viene al caso o es traído de los pelos, o de las plumas, o de la pluma, porque el libro de Elisa Molina se llama Cormorán, porque los zoólogos llaman al cormorán phalacro-corax, que se traduce como cuervo calvo, y porque en los poemas de Elisa hay unas cuantas reflexiones sobre la poesía.
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            En su excelente presentación Carlos Schilling dijo que en estos poemas era más importante lo no dicho que lo dicho, entiendo yo que de ese modo los poemas eran asimilados a una suerte de ascenso por las palabras a una forma inefable. También recuerdo que en algún momento posterior Elisa manifestó su intención de no caer en el romanticismo. A esta altura es justo declarar que no sé bien cuál es el alcance de la palabra ‘romántico’, ni a qué acepción se refiere en qué consiste su oposición con lo clásico: ¿Intuición contra concepto? ¿Pasión sobre razón? ¿Corazón frente a cerebro? ¿Contenido antes que forma? ¿Qué y no cómo?  Este es el poema que debería ser epónimo:
Ahora que me acuerdo, ayer creí
comprender cabalmente lo que había
pasado. Quizás fue casualidad:
como un cormorán de instinto certero
empalmé la corriente por el ángulo
que veloz desciende al centro…¿de qué
que comprendí el día de ayer? No sé
siempre retengo el cómo, nunca el pez.
Diré, pura hipótesis, que encuentro aquí la expresión de una poética clásica, y tácitamente una exaltación del estilo y la forma. Pero diré también que casi todo el resto del libro, y alguna vez de manera explícita, contradice esta afirmación, así en El perfecto idiota:
Qué confundido estabas
convirtiéndolo todo en
una cuestión de estilo
mostrando la cadencia
de tus celestes tripas
en perfecto endecasílabo.
Entonces queda la intriga de qué es lo que proponen los dos últimos versos del libro para La explicación de un poema:
la completa convicción de un solo
verso exacto y perdurable.

Vuelvo ahora al phalacro-corax. Según Wikipedia, a  diferencia de la mayoría de las aves acuáticas, sus plumas no son completamente impermeables, por lo que, al mojarse, éstas aumentan de peso, lo que les permite hundirse más y bucear a mayor profundidad. Una vez en tierra, extienden las alas para secarlas. Imagino que cormorán es la conciencia, o un agente de la conciencia, que se sumerge en busca de peces, de metáforas, de textos y luego los exhibe a su lado, a la luz y el calor del sol, pero ya no le interesan y sólo recuerda cómo volver en busca de nuevas presas. Entre tanto se ha producido una metamorfosis y los peces, los textos, los poemas se han convertido en cormoranes y están ahí, en ávida vigilia, listos para zambullirse en el mundo del lector.
Daniel Vera
Córdoba, 2018.

lunes, 30 de julio de 2018



Chuzas y Lechuzas
Presentación
        Transcribo a continuación dos artículos del Diccionario de la Real Academia, uno dedicado a la palabra ‘chuza’:
1. f. Arg. y Ur. Especie de lanza rudimentaria y tosca.
2. f. NO Arg. Espolón del gallo.
3. f. Méx. En el juego del boliche o bolos, lance que consiste en derribar todos los palos de una vez y con solo una bola.
4. f. p. us. chuzo ( palo con un pincho de hierro).
5. f. pl. coloq. Arg. Cabellos largos, lacios y duros.
hacer chuza: 1. loc. verb. Méx. Acabar con algo, destruirlo por completo.
Y otro dedicado a la palabra ‘lechuza’:
1. f. Ave rapaz nocturna, de unos 35 cm de longitud desde lo alto de la cabeza hasta la extremidad de la cola, y aproximadamente el doble de envergadura, con plumaje muy suave, amarillento, pintado de blanco, gris y negro en las partes superiores, blanco de nieve en el pecho, vientre, patas y cara; cabeza redonda, pico corto y encorvado en la punta, ojos grandes, brillantes y de iris amarillo, cara circular, cola ancha y corta y uñas negras. Es frecuente en España, resopla con fuerza cuando está parada, y da un graznido estridente y lúgubre cuando vuela. Se alimenta ordinariamente de insectos y de pequeños mamíferos roedores.
2. f. Mujer que se asemeja en algo a la lechuza. U. t. c. adj.
3. m. coloq. Ur. En un mercado de abastos, intermediario.
4. com. despect. coloq. Ur. Persona aficionada al fisgoneo.
lechuzo2, za (De leche), 1. adj. Dicho de un muleto: Que aún no tiene un año. U. t. c. s.
Agrego, además, que en estos vecindarios el verbo ‘lechucear’ se asocia a la provocación involuntaria de una desgracia por un dicho o un consejo bien intencionado; por ejemplo, el sujeto se ha servido un plato de tallarines al jugo y el amigo (o la amiga) le dice: ‘No te vayas a manchar el saco nuevo’, y zas, el tipo se mancha. Eso fue una lechuceada. En un blog destinado a comunicar lecturas de autores, no siempre escritores y nunca demasiados famosos, algunos de los sentidos de chuza y de lechuza pueden tener alguna relevancia, como también puede tenerla, de modo algo más presuntuoso, una inopinada asociación con el ilustrísimo búho de Minerva . Mi principal propósito sin embargo es no hacer chuzas.

Daniel Vera      

lunes, 14 de mayo de 2018

Párpados 
Sebastián Vega (el viejo Vega)
Prosa poética. Entre psicoanálisis y filosofía
2015/16


Alción Editora 
Córdoba 2018

Prólogo:


Palpa- deo –sin-presión

Se recomienda leer de arriba hacia abajo y de derecha a izquierda, de manera que los signos se hagan ilegibles, a menos que se los reordene y reescriba, intervención retórica de la crítica o intervención crítica de la retórica, porque en idioma llano el amor es inefable y en alguna encriptada lengua lacaniana la relación sexual es imposible: imposible, inefable, ilegible, pero la retórica encierra, y por lo tanto excede (exactamente en una ‘r’), a la erótica, y deja la lengua libre –y las manos y los ojos y el resto del cuerpo- para el habla, un habla compleja, que palpa y lee y oye y traduce –traducción, oh Leiris,  es metáfora- en escritura, una escritura en la que el idioma regresa de otro idioma, Japón, las antípodas, chino básico para contestar a Freud a través de Lacan, hablando en lacanés, todo ello trasladado a la fértil vega, límpido anagrama de Vega:¿Qué quiere una mujer?, aunque él no dice anagrama, sino heterónimo, hetero-onoma que se convierte en hetero-nomos para igualarse a heterónomo: un nombre diverso con una ley diversa, o más próximo al caso, el mismo nombre regido por una ley ajena. El autor busca lo que busca todo autor: autonomía, escribir con su propia gramática, aunque en el camino se vuelva ininteligible, es decir, personal, autónomo, tal vez autista, pero solo en apariencia, porque va dejando ristras de rastros, migajas de pan como Hansel y Gretel, una huella de dos para que lleguen a su recóndito sentido a través de sus sentidos evidentes, a veces con voces claras y transparentes pero inoculadas con el virus de la ironía; de ahí no hay más que un paso para avenirse con Foucault, el gran ironista del siglo pasado, pero con la dificultad de que muchos seguidores o discípulos de Foucault están dispuestos al pie de la letra, pese a la hache de parrhesia, a decir la verdad, el poder de la verdad frente a la verdad del poder, curioso ejemplo de  ¿identidad de los indiscernibles?,  en suma multiplicación de un discurso anti autoritario sin cuestionar ni por un instante la autoridad de Foucault, olvidados de Nietzsche, el ironista del siglo diecinueve: si quieres seguirme, no me sigas; si quieres imitarme no me imites, tal vez acordándose de Hegel cuya Wissenschaft der logik  identifica el ser con la nada en la intimidad de Dios, lo que si no es ironía es lo que suelen hacer los intelectuales orgánicos organizados, presumirse protagonistas y voceros de la historia de la verdad del ser, algo así como los llamados intelectuales K, en fin, predicadores, variantes de esos escritores apologéticos cuya finalidad consiste en procurar prosélitos y satanizar a los que no son del palo ni lo quieren ser, por lo cual oscilan entre la persuasión y la persecución, o comienzan haciendo aquello y terminan haciendo esto o haciendo que otros lo hagan: andan con su Suma contra gentiles, predicando la verdad contra herejes,  paganos y otros infieles, y es sabido que no lejos de Tomás suele estar  Silvestre, resaltando la mayor efectividad de la espada para esas tareas (ecce homo: en mi juventud guiados por una prédica análoga, censurábamos a Lugones por La hora de la espada que contribuyó a cercenar la presidencia de Yrigoyen, pero repetíamos a Mao diciendo que el poder nace del fusil, una diferencia meramente filosófica). La autoría, entiendo y entiendo que Vega lo presiente,  va por otro camino y no trata de propagar una antigua religión ni de fundar una nueva, pues con ello inmediatamente se convertiría en heteronomía, atenta a la voluntad de sus ‘maestros’ o de sus ‘discípulos’ y en constante peripecia frente a la ‘doctrina’ y su interpretación ortodoxa. He puesto esas comillas, porque la maestría, como el ser, se dice de muchas maneras, entre ellas, la de grado académico, que puede no ir más allá del reconocimiento institucional y disciplinario (paradoja: abundan las maestrías foucaultianas), pero la mayor oposición –con o sin título- la encuentro entre la maestría de aquel con una habilidad sobresaliente en alguna actividad, por ejemplo: el virtuoso en un arte, y la del pedagogo, el que cumple con llevar a los niños a la escuela,  a una escuela por lo general ajena. Cuando sucede que alguien me llama maestro sé que no es por lo primero (soy licenciado y gracias) y quiero creer que es por lo segundo, en procura de ser el mejor ejemplar de uno mismo haciendo esto o aquello, y respecto a lo tercero me gustaría aplicarme la sentencia de Luis Luchi: maestros, no los buscó; discípulos, no le buscaron a él. Ya lo decía Sartre, en estas cosas, el que hace la pregunta ya conoce la respuesta; o sabe que cualquier respuesta conduce inexorablemente a la continuidad de la busca.
Daniel Vera
Córdoba, otoño de 2017

viernes, 9 de marzo de 2018

Ensayos de voz
Carlos Schilling
Poemas

Editora Buena Vista
Córdoba 2017


Más allá de la muerte

Desde la más remota antigüedad, la poesía se ha vinculado con el mundo de los muertos y los poetas han presumido poder visitarlo, conocer los castigos y las recompensas que se ofrecen a sus residentes, componer guías para no extraviarse en el viaje, y hasta obtener y proveer salvoconductos que permitan regresar desde allí para contar lo acaecido con los buenos y los malos que los precedieron. En esa milenaria tradición se inscriben en lo que más importa estos Ensayos de voz, ejercicio que Carlos Schilling había ya practicado en obras anteriores, a veces en prosa y otras veces en verso. Ir  y, sobre todo, volver de esas lejanías es sin duda un desafío mayor para la imaginación, más aún cuando lo que abunda es la incredulidad de los lectores en parajes ultramundanos. De ahí que el ‘más allá’ se nombre en estos casos con la calidad de la perduración en la memoria o con las marcas del olvido:
¿Quieres que te dedique una equis o una cruz
en lugar de tu nombre? …
¿Una equis? ¿Una cruz? Son signos suficientes
para que sigas viva en el cielo invertido
de la página…

A veces son preguntas en torno a la ética, por ejemplo: ¿es posible vivir sin amor?, acaso porque la meditación sobre las costumbres surge con más intensidad cuando nos proyectamos como seres ‘murientes’ antes que como vivientes. Y luego está los efectos del azar, o de los lectores: ¿cómo seremos leídos, si es que somos leídos o a quién se atribuirán nuestras obras en caso de una errata?

Cuando te entreguen el certificado
de defunción, fijate que mi nombre
y mi  apellido estén escritos sin
errores ortográficos. Si es cierto
que el destino depende de una letra,
sería injusto que la mano inepta
de alguna secretaria de hospital
provocara un desvío en ese viaje
al otro mundo y yo jamás pudiera
encontrar el camino de regreso
para ser tu fantasma.

Son, por supuesto, apenas ensayos con trazas  de buscas métricas, porque nos está vedado dar una versión definitiva de la perspectiva elegida, por siempre ajena, ya que no podemos ser nuestros comentaristas póstumos, y porque no podemos superar la incertidumbre acerca de lo apropiado de nuestras formas de expresión.

Daniel Vera
Córdoba, 2018.

martes, 16 de enero de 2018

La vida como alegoría
 Consideraciones antisubjetivas de la escritura autobiográfica
Ensayo

Silvia Anderlini
Alción Editora
Córdoba,  2017,  110 pp.

A manera de prólogo

La vida es sueño
La escritura es el arte de descomponer un orden y componer un desorden.
 Severo Sarduy

            Famosamente escribió don Pedro Calderón de la Barca que toda la vida es sueño, y es sabido desde muy antiguo que los sueños, aun los más transparentes, están necesitados de interpretación; de ahí que la vida, o mejor el relato de una vida, de la propia vida requiera también el auxilio de un intérprete, y como rara vez ocurre que cada cual disponga de una clave satisfactoria para sus respectivos sueños, acaso también la historia que cuentan de su vida y su vida misma sean descifradas mejor por un tercero. Desde los tiempos bíblicos de José y Daniel, ese rol de explicar sueños ajenos, o vidas ajenas, ha sido desempeñado por diversos nombres y funciones, y entre tantos han descollado la literatura, en especial la crítica literaria, y el psicoanálisis,  al punto de haber abierto el campo para  la autonomía de una disciplina, la hermenéutica, cuyo sustento y finalidad es precisamente la busca de una adecuada interpretación textual, porque es en los textos donde mejor se fija el curso de la vida, o de los sueños. En un sector de esa intrincada selva, según nos informan el título y el subtítulo de este libro, La vida como alegoría. Consideraciones antisubjetivas de la escritura autobiográfica,  Silvia Anderlini ha señalado hitos y ejemplos que marcan una senda.


             En el pasado los críticos se habían sentido incómodos con la alegoría, dado que su concepción suponía un código secreto –allos agoreuein, lo otro del hablar público, del encuentro en el ágora- compartido sólo por unos pocos autorizados para legitimar textos y   revelar su significado oculto, lo cual dejaba escaso margen para un ejercicio de libertad interpretativa: La Divina Comedia representaba el bienaventurado itinerario del alma hacia Dios y fuera de ese marco pocas cosas podían decirse. En general, el contenido de las alegorías era edificante, y las fábulas lo muestran de manera paradigmática cuando señalan con una moraleja el sentido que debe sacarse de ellas. El tratamiento teórico de la alegoría a partir de caracterizarla como manera de significar una cosa con el signo de otra, acaso su contraria, el famoso doble sentido o el no menos famoso equívoco, la fue asimilando a la metáfora, a la ironía, a la falsedad y, oh Platón, a la mentira, y con ello, salvo en alguna estricta terminología, puede llegar a ser considerada como una cuestión pragmática, propia del uso del lenguaje, antes que como una determinación semántica. Así es el lector –el avisado o desconfiado lector- quien ‘elige’ como debe tratar determinado discurso, si debe negarlo, refutarlo, reforzarlo, ampliarlo, ironizarlo, etcétera. Así es que puede leerse como alegórico un relato compuesto sin intención alegórica, sea porque responde a un esquema común frecuente en relatos producidos en situaciones sociales extremas: catástrofes, guerras o bien celebraciones extraordinarias,  como ocurre, por ejemplo, en los cuentos de navidad, o sea por alguna finalidad particular.

            Las autobiografías tampoco son lo que eran; ya no se acepta universalmente que cada uno sea quien más y mejor sabe de sí mismo y cuente verazmente lo que sabe, pues aunque sea sincero –lo cual nunca se puede probar-, el pudor, la modestia, la vanidad,  la cortesía, el temor y otras pasiones lo pueden llevar a tener una versión distorsionada de sus hechos y a omitirlos, suavizarlos o exagerarlos en sus dichos. De ahí que cada autobiografía se haya convertido en un diseño enigmático en el que diversos intérpretes –médicos, psicólogos, confesores, policías, abogados, políticos, politólogos, filósofos, etcétera-, movidos por intereses distintos buscan trazar un mapa fidedigno del territorio que presuntamente describen. En un extremo y abarcando completamente el universo textual, un autor, Harold Bloom, llegó a comparar la crítica con la cábala porque podría llevar a hacer que cualquier texto dijera cualquier cosa.

            Pero si bien los aspectos antedichos están supuestos o sugeridos en el texto de Anderlini, el sujeto cuestionado por sus consideraciones es el ‘objeto’ pretendidamente expuesto en la autobiografía, el autor o protagonista. En su Monadología, escribió Leibniz en 1714:
Supongamos la existencia de una máquina cuya estructura le permita pensar, sentir y ser capaz de percepción, y suficientemente aumentada de modo tal que conserve las mismas proporciones y que sea posible ingresar en ella como en un molino. Y una vez supuesta, si la examinamos por dentro, no hallaremos sino unas piezas que trabajan unas sobre otras, pero nunca nada que explique una percepción. Así pues, habrá que buscar esa explicación en la substancia simple y no en el compuesto o en la máquina.
Esa substancia simple, el yo o el alma, una mónada indivisa e indivisible, era el sustrato, el sub-jectum, cuyas experiencias representaría la autobiografía. Y esa simplicidad, demás está decirlo, se ha evaporado: en el psicoanálisis el ‘sujeto’ se descompone para su explicación en yo, superyó y ello, y se discute su secuencia; en las neurociencias se busca y se encuentra parte de esa explicación en la acción de miles de millones de neuronas, y tampoco en filosofía de la mente se deja de proponer una multiplicidad de instancias.

 Autobiografías y autorretratos guardan una estrecha analogía, pero en los autorretratos es evidente la perspectiva y los rasgos o gestos que el pintor se ha propuesto destacar, y cuando hay varios autorretratos de un artista, se muestran cambios, siquiera los debidos al paso del tiempo, en tanto que las autobiografías tienden a dar la impresión de ofrecer una visión completa de todo el tiempo desenvolviéndose hacia una postulada causa final; en el caso de referencias autobiográficas rescatadas de diversos momentos de un autor puede apreciarse una asimilación mayor al autorretrato y es obvio que bien podrían proyectarse en diversas autobiografías. Vuelve aquí una similitud con los sueños: Schopenhauer, lector y traductor de Calderón al alemán, sostenía que en el sueño, a diferencia de la vigilia, no percibimos el mundo ordenado en una continuidad espaciotemporal, sino en fragmentos caprichosamente dispuestos, tanto en el espacio como en el tiempo.

Un poema de Gottfried Benn, Fragmente, acaso sintetice esta reflexión preliminar; cito los versos finales:
Crisis de expresión y ataques de erotismo:
esto es el hombre de hoy.
El interior, un vacío,
la continuidad de la personalidad
es conservada por los trajes
que si son de buen material duran diez años.

El resto, fragmentos,
sonidos a medias,
frases de melodías desde las casas vecinas,
negro spirituals
o Ave Marías.
           
En todo caso, el libro de Silvia Anderlini es una guía alternativa eruditamente detallada y autorizada  para transitar estos laberintos.


Daniel Vera

Córdoba, 2017.

martes, 12 de septiembre de 2017

Otro verano y éste
Pablo Seguí
Poemas
Editorial Barnacle
Buenos Aires


Presentación: 

¿Y uno qué hace cuando lee?

Voy a ensayar varias respuestas para esta pregunta, que es el primer verso de un poema cuyo título Horas, libros, corazón y cuya dedicatoria para Elisa (für Elise) provocan resonancias románticas, resonancias que por esos caprichos de las palabras, bien se pueden llamar clásicas. La primera respuesta da cuenta de mi costumbre de destripar las palabras, invertirlas, encontrar sus anagramas y sus rimas, y es el corazón de la razón por la que a estas horas estoy aquí con el libro de Pablo Seguí Otro verano y éste, denominación que primero descompuse en ‘Otro Vera no y éste’, y luego recompuse con algún agregado en ‘Otro Vera no ¿y éste? Este sí’. Sí que puede ser un adverbio o una nota musical: Dar el sí, con todo lo que pueda figurarse.
Cosas que uno hace cuando lee. Uno, cuando lee, escribe; escribe, como en ese otro poema Tratando de entender. Acaso sea un pleonasmo burocrático decir de alguien que lee y escribe. Mi abuela, que no sé dónde aprendió a leer, contaba que una vez en un campamento de hacheros, grupo de familias iletradas en medio del monte, apareció un hombre con una rara habilidad: sabía escribir. Le pidieron que escriba algo, y el hombre tomo un palito y trazó unos garabatos en el piso. Le preguntaron que había escrito, y se confesó ignorante, porque todavía no había aprendido a leer. En la superficie la paradoja es notable y notoria, pero en la trastienda sucede que uno (y cuando digo uno, quiero decir yo, cualquiera sea) no sabe leer lo que escribe o no sabe escribir lo que lee, y el caso es flagrante en poesía, porque la poesía se parece a los sueños y no hay regulación del soñar y de leer los sueños, cito a Seguí, el corazón no encuentra lo que busca…los libros dicen muy poco ya.
Pero trata de entender. Porque cuando lee uno suprime la distancia, pero cuando la suprime advierte que hay una distancia insalvable, y entretanto evoca otras lecturas, y tratando de entender puede suponer una historia teórica, rastreable hasta las primeras décadas del siglo pasado, cuando el lógico-matemático Kurt Gödel eliminó a la vez la necesidad de los metalenguajes y la imposibilidad de hablar de un lenguaje en el mismo lenguaje. Casi en paralelo Ezra Loomis Pound anuló la diferencia entre la crítica literaria y creación literaria: “la mejor crítica de Madame Bovary es el Ulyses de Joyce”, o sea, la mejor crítica de una novela es otra novela. Seguí, en su poesía, enjuicia la poesía; leo:  
Las palabras ¿qué pueden?
Que haré con ellas? ¿Qué
Me permite mezclarlas,
Cortar, alzar?
(Interrumpo la lectura para una breve digresión, algo que hago a menudo cuando leo: ¿cortar, alzar o cortar al azar?, de la que me devuelve inmediatamente la continuación del poema:)
           Y tocan
Manos impredecibles
Muchas veces.

Pero hay quizás una fusión más intensa en la apuesta poética llevada a cabo por Seguí, sobre cuya pista me puso Daniel Freidenberg en el prólogo: entre prosa y poesía sólo hay una distinción de grado y no de género: el vocabulario es común a una y a otra (¡y pensar que son las mismas palabras!), aunque algunos vocablos puedan ser desdeñosamente llamados vulgares y otros presuman de mejor prosapia o algunos se ordenen en raras metáforas. Incluso se señala la transición en un dístico puesto entre paréntesis:
(se van las horas, las horas
Dejaron de ser sonoras.)
    En el continuo se produce también una situación apremiante, la imposibilidad de salir de las palabras, y el poeta tiene la percepción mallarmeana de la obra como fracaso:
Yo sé que las palabras
Ni las fotos
Podrán tenerte nunca.
Así dice en Un mundo y, porque entre las cosas que uno hace cuando lee está el buscar (¡encontrar!) armonías ocultas, respuestas a preguntas tácitas, continúa o contesta en Y te callás:
Y sí: poquita cosa
Era la poesía….
….La Musa
Que le dice que apenas
Una voz, sus palabras
-esas menesterosas-
Es el poema: voz
Como la de cualquiera
Pero tuya…..
Palabras, nada más
Que palabras…
…….como
Las de cualquiera, cuando
Te conoce y pregunta
A qué te dedicás.

            El fracaso, por supuesto, es relativo, como el éxito. Acaso es preferible fracasar en una escalada al Everest, o siquiera al Champaquí, que tener éxito en subir al primer piso por la escalera. Y en el hacer, el poema aparece como un Everest inaccesible, se divisa la cima a mayor o menor distancia, pero fuera del alcance: un objeto mágico, y no es posible avanzar más, y de la visión han quedado solamente palabras, huellas, gramática…Sin duda un fracaso digno de admiración, figura tal vez de la existencia humana para aquellos que crecimos leyendo al primer Sartre: pasión inútil de procurar al mismo tiempo ser en sí y para sí; la poesía es para sí, pero las palabras son en sí, cosas inertes entre cosas inertes, a menos, claro está, que un lector les insufle nueva vida, y surge otra vez la pregunta ¿y uno que hace cuando lee?, y uno quiere insensatamente ser el otro en ese momento, ser esa mirada que recorre implacablemente los renglones y los proyecta vaya a saber por qué mundo insondable, por qué infierno. El fracaso  equiparable a una derrota, de ahí tal vez estos versos Para los derrotados:
El violín, en su estuche
Corta una cuerda. Poco
A poco deshará
Su propio cuerpo. Prendo
Un cigarrillo y fumo
Apostando a que el vicio
Finalmente me pierda
Porque la muerte es dulce
Para los derrotados.
Y uno, el otro, éste evoca a Nietzsche: di tu palabra y rómpete, ha dicho su palabra, ha brindado su música y se ha roto, y está dispuesto entonces a clamar y reclamar  con César Vallejo ‘y si no sobrevive la palabra, que se lo coman todo y acabemos’. La ventaja del poeta, porque alguna ventaja ha de haber en todo esto, es que puede reencarnarse y volver en otro poema después de haber cantado su propia muerte. Derrota, por otra parte, es también camino, sendero en descampado, orientación en el mar, traslado, metáfora de otro verano a éste. Después del descenso, el ascenso, la vuelta a la vida, y el poema que da título al libro insinúa una dinámica emocional –aunque podríamos decir ontológica- en la que para llegar a ser se necesita haber dejado de ser:
Increíble. Si piensas en esa noche
De lluvia en que entreví
La verdad de los cuerpos al mirar
Aquella lluvia….
-al cabo de los años
Y de una suerte inteligente y ciega
Que atrás dejó los nombres
Me doy cuenta de que nada
De lo que ahora tengo
Me faltó nunca….
………………Cuánto  se engañó
Mi corazón con fuentes
Retorcidas…..Cuánto encuentro
De lo de siempre en vos,
Amor, en tu palabra y en tu risa.
La lectura se detiene en ‘una suerte inteligente y ciega’, porque la contradicción es la marca del vacío y deja sin lugar a los demás signos, pero también es una apertura por la que se filtra la luz y rehabilita –resucita- las palabras –la palabra, tu palabra- y posibilita la recuperación, que es un ‘darse cuenta’, una íntima revelación
De la más ociosa infancia
……………….
Lo que jamás podremos olvidar
El amor a la vida.
                                                                                                         
       Otra cosa que uno, yo, suelo hacer cuando leo es contar sílabas, que es lo que uno hace cuando escribe, hasta cuando lee o escribe prosa, y sin embargo, llegando al final advierto que no lo he hecho, estimo que ha de ser por cierta familiaridad con endecasílabos y heptasílabos, que son casi mi manera de respirar o la suya, la de uno como yo, o la de Pablo Seguí, y porque el octosílabo, como se dice, es la respiración del castellano, o porque la métrica y la gramática coinciden en la fluidez del discurso o, sin tal vez, porque uno, yo, ha preferido más bien especular con imaginaciones que entretejidas trazan una vereda –Vereda de mi hogar- que conduce a la última palabra del libro:
Renacer.
Muchas gracias.

Daniel Vera,

Córdoba, septiembre de 2017.